Parto natural

Parir es un maratón y para los maratones hay que entrenar’- Gabriel me recordaba esto día a día durante el embarazo. Y así mismo fue, un maratón. Nos preparamos con galones de Gatorade – por que en los maratones no queremos deshidratarnos. Mami hasta llevó una gallina matá en Añasco para hacerme el caldo de Tito. Todo esto, más los masajes y el taichi de Gabriel, más la dulzura y paciencia de Debbie, fue lo que me ayudó a aguantar tres días de intensas contracciones. A continuación nuestras vivencias de un increíble parto en casa.

Domingo en la mañana, desperté con unas sensaciones diferentes a las contracciones de practica que había sentido por varias semanas. Estas sensaciones eran un poco más fuertes y duraban más tiempo. Decidimos, Gabriel y yo, ir a desayunar, tenía antojo de un ‘Super Víctor Breakfast’ (este es el nombre que mi madre le puso a los desayunos que le encantan a mi hermano – huevo, pancakes, jamón, pan, etc). Al salir del Condominio le dije al guardia que siempre nos preguntaba cuando era el día, ‘creo que será muy pronto’. Desayunamos en la cafetería de la esquina y luego dimos una caminata por la playa, a ver si me bajaba la panza.

Luego de caminar por varias millas, aún con sensaciones, llegamos al apartamento donde decidí llamar a Debbie, nuestra partera, para darle el ‘update’. Descansé tranquila sintiendo que cada sensación se intensificaba más. Al poco rato las sensaciones pararon momentaneamente y logré dormir una larga siesta. El resto del domingo y el lunes los pasé respirando y gimiendo con cada ciclo de sensaciones que venían más amenudo cada vez. No recuerdo detalles de estos días, sólo recuerdo estar parada en el balcón meneándome de lado a lado, tratando de encontrar un ritmo que me hiciera sentir mejor.

Martes en la madrugada, Debbie y Mami llegan a nuestro apartamento ya que yo creía que la intensidad de las sensaciones eran tantas que ya el o la chiquit@ debería estar por llegar. Debbie comienza la rutina de verificar mi temperatura, latidos del corazón de bebé, mi pulso, presión alterial, etc.

Luego me chequea la dilatación y me dice que sólo tengo 3 cm –‘iQUÉEEEEE, dos días para sólo 3 cm!’- pensé mientras intentaba mantener la calma y colmarme de paciencia para lo que venía. Erróneamente, siempre pensé que sería una de esas madres que dilatan sin darse cuenta y que llega el día de su visita al ginecólog@ y de ahí a parir. Aparentemente yo sería de las otras, las que sienten cada uno de esos centímetros borrarse, abrirse, dilatarse.

El resto de esos 7 centímetros fueron BIEN intensos. Gemí, gemí y gemí (otros dirian que grité, grité y grité, pero esos son otros 20 pesos) cada ciclo de sensaciones, cada 5 minutos. Gracias a Dios encontré un ritmo que me ayudó; fue instintivo, yo no tomé ninguna de esas clases de respirar, ni de parto disque sin dolor, eso sí leí libro tras libro sobre cómo confiar en mi cuerpo y seguir mis instintos y eso hice. Dejé que mi cuerpo reaccionara con cada ciclo de sensaciones. Caminé de lado a lado en el pequeño estudio, hice ‘squat’ tras ‘squat’ (lo cual detesté), subí y bajé 5 pisos de escaleras, nadé en la piscina dos veces, con todo esto y aún no lograba botar el tapón mucoso (!!!!!).

Llegó el momento en el que mi cuerpo lo que quería era pujar. Debbie había llevado una silla de pujo tallada a mano por un puertorriqueño y comencé a pujar y pujar y pujar. Pujé como un animal, literalmente. Todos mis instintos de hembra mamífera salieron y grité y grité y pujé y pujé. Gabriel sentado atrás de mí, sosteniéndome, siendo mi ancla. Mami al lado de Debbie en el piso sosteniendo una vela, hechándome aceite de oliva en el perineo, siendo ‘cheerleader’ por excelencia – ‘iDale Beba, dale!, iVeo la cabeza, la veo!, iSigue Beba, sigue!’ Yo no quería ni mirar, quería enfocarme en cada pujo, no quería desesperarme y seguí pujando… por tres horas. Debbie me hacía gestos que no entendía para guiarme en cada pujo y seguí pujando como mi cuerpo me decía que hiciera. Hasta que sentí el ardor. Ese ardor característico de la coronación. ‘Arde, arde, arde’. Unos pujos más y martes a las 9:45PM mi madre recibió en brazos a nuestr@ bebé.

Rápidamente Debbie puso al bebé en mi pecho. ‘iQué es, que es’? – preguntaba mami. El cordón umbilical estaba en medio de sus piernitas y yo no podía ver si era nena o nene. ‘iEs una nena!’ dije con alegría. Gabriel y yo mirabamos a nuestra Maia del Mar con una alegría indescriptible.Nos hechamos atrás hacía nuestra ahora cama familiar y admiramos a nuestra chiquita. Su cordón umbilical se mantuvo intacto hasta que dejó de latir (más de media hora después de su nacimiento), luego Gabriel lo cortó. Comenzamos el amantamiento, Maia en mi pecho comenzó a buscar la teta y la encontró instintivamente.

Luego que se estableció el ‘bonding’ entre la nueva familia Debbie pesó y verificó a Maia a nuestro lado.

Fue una alegría poder estar con nuestra chiquita todo el tiempo después de su nacimiento. Nuestro parto fue uno humanizado, respetuoso hacia la familia y la nueva criatura. No hubo interrupciones, luces brillantes, extraños entrando y saliendo, episiotomías innecesarias, drogas, tubos innecesarios introducidos a la chiquita, ni apuros. Todo pasó como tenía que pasar en tranquilidad, armonía, amor y unidad.

Esa noche dormimos los tres juntos, los nuevos padres con la chiquita, en nuestro lecho de amor, en nuestro apartamentito, el que vio nacer a nuestra niña a la luz de una vela.

PS. Como es de esperarse a las pocas horas ya la chiquita estaba montada en su Bebé Kanguro; sintiendo el calorcito y escuchando el corazón de mamá como si aún estuviera en el vientre.